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Martes, 08 Mayo 2018 20:31

4. UNA INESPERADA VISITA. V Nonas de Junio

Escrito por  Iber El Mercader Salluitano
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4 – UNA INESPERA VISITA.

- ¡Permiso, Señor!, Dos hombres preguntan por usted en la entrada de la domus. Dicen que vienen con órdenes del mismísimo Cayo julio César Octaviano.

Lépido, terminó de firmar la misiva ante la inesperada premura de su sirviente. La dobló con sumo cuidado, la lacró en una maniobra lenta y silenciosa, y acabado el proceso se la entregó, dándole las órdenes pertinentes.

– En primer lugar, entrega esta carta a Lutivs para que la gestione con la mayor discreción y premura posible. Después, haz pasar a esas personas al exedra donde les esperaré para su recepción. Tómate tu tiempo, Cerolvs.-

A Mario, los minutos en el vestibulum le parecieron horas. No estaba acostumbrado a que le hicieran esperar y su impaciencia iba en aumento a cada paso que daba. Cuando el sirviente apareció por el espacio que da al atrium, Mario tuvo un primer impulso; que contuvo a duras penas, de estrangularlo allí mismo con sus propias manos. 

- El Pontifex Máximus, Marco Emilio Lépido, les espera con ansia en la exedra, nobles señores-. Dijo asustado y atropelladamente Cerolvs, tras adivinar las macabras intenciones en la mirada de Mario. – Si son tan amables… síganme, por favor-.
Mario siguió al sirviente pisándole los talones mientras atravesaban el atrium, impluvium, tablinum y peristyllum y Licio iba detrás de él sin poder reprimir una sonrisa por el cómico acto del que era espectador. El sirviente era “atropellado” literalmente y miraba de cuando en cuando de soslayo a Mario, con ojos de conejillo temeroso. Al llegar a la exedra, encontraron ya sentado a un hombre delgado de cierta edad, observando con mirada displicente a los recién llegados.

 Domus romana

- ¡Salve!, nobles huéspedes. Bienvenidos a mi humilde hogar.

- ¡Salve! Marco Emilio Lépido, divino Póntifex Maximus de Roma. Mario y Licio, se prodigaron en una pomposa reverencia que terminaron con la rodilla flexionada y con la cabeza inclinada hacia el suelo.
- ¡En pie!, por favor équites. Estoy ansioso de recibir vuestras noticias.

Ambos se incorporaron y Mario tomó la palabra con voz alta y clara.

– Señor, soy Mario Lauro Corvus, miembro del noble ordo equester y él es Licio Rutilus. Decurión de turma. Mi hombre de confianza. Me presento ante usted en nombre de nuestro señor Cayo Julio César Octaviano; de parte del cual le entrego el mayor de sus respetos junto con un cordial saludo y un sincero deseo de que se encuentre completamente cómodo en este retiro en Circei. Quiere que le haga saber, que lamenta profundamente la decisión que tuvo que tomar para salvaguardar la seguridad de Roma y que no tiene nada personal contra usted. Admira profundamente su valía política y piensa que esta decisión pudo tal vez salvarle a usted de un ajusticiamiento por parte del senado, tras el incidente de Sicilia. Como sabe, Octavio está muy ocupado con los preparativos de la guerra que se cierne contra el traidor Maro Antonio. Es por ello que le traigo órdenes explicitas en su nombre, asociadas a su cargo de Pontifex Máximo. 

- De su más alta estima y confianza debes ser; Mario Lauro, como para presentarte en el nombre del propio Octavio. Se breve y comunícame sin más tardanza esas noticias.-
- Así lo haré, señor. No soy hombre de mucha retórica. ¡Por orden de su magnánimo Cayo Julio César Octaviano, debe usted partir sin demora rumbo a Hispania, para cumplir con un importantísimo cometido devengado de su cargo, que le será revelado durante el trayecto! Roma necesita de su servicio de Sumo Pontífice, señor y el senado, así como el propio Octavio, precisan de su importante cargo como intermediario entre los hombres y los dioses para hacer cumplir los mandatos divinos y siendo conocedores de su máxima discreción, valoran profundamente su fidelidad a la república para el cometido que le asignan.

Lépido, se quedó cayado durante unos segundos con la mirada clavada en los inexpresivos ojos de Mario. Digiriendo lentamente sus palabras, como queriendo sopesar la veracidad de lo expuesto. ¿Por fin, Octavio empezaba a valorarle?... ¿Acaso contaba con él desde su cargo político y religioso, pensando ya en la debacle de Antonio?... - ¿Quién está en la cabeza de Octavio?- Pensó Lépido. – ¡Y qué más da!… es el senado y Roma quién me necesita. Por fin aprecian al político y hombre de estado que hay en mí. Roma sabe, quién puede otorgarle estabilidad y mano firme en estos tiempos difíciles. El estado sabe de la valía y fidelidad de sus miembros-…

- ¡Sea así como quiera el senado de Roma! Cumpliré fielmente su encomienda sea cual sea. ¿Cuándo debemos partir?-
- Será hoy mismo, señor. No hay más tiempo que el necesario para coger las pertenencias y útiles del viaje, contando con que se trata de un trayecto de ida y vuelta. De dos a tres meses-.


Lépido dispuso las órdenes oportunas, para que la domus entera se revolucionara y que en escasamente dos horas, un carruaje estuviera dispuesto en las puertas de la hacienda, listo para emprender el corto viaje que separaba la vivienda del puerto de Circei.
Tras despedirse de su esposa Junia Secunda y dar instrucciones para el cuidado de sus asuntos a su hijo Marco Emilio, montó en su caballo y se dejó acompañar flanqueado por los dos hombres de Octavio por la calzada que llevaba hasta el puerto.

 

 

 

* Imagen de tomada de htpp://es.wikipedia.org, s.v. "Domus"

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